En esta ocasión nos hemos decantado por la reseña de una obra que trata una de
las escuelas de pensamiento más interesantes de la Antigüedad: nos referimos
al estoicismo, que pese a no haber sobrevivido hasta nuestros días, tanto como
doctrina como en aquellas obras más importantes en torno a las cuales se
construyó, todos identificamos con una serie de cualidades o
actitudes frente a la vida: resistencia frente a la adversidad, indiferencia
ante el sufrimiento y hacia los bienes materiales o el poder y, en definitiva,
una posición de entereza y de heroísmo ante los avatares de la
existencia.
Es evidente que existe una diferencia abismal entre el mundo de hoy,
especialmente el de las últimas décadas, y aquel en el que nació el
pensamiento estoico, y la comprensión de sus principios, la conceptualización
de sus ideas o la interpretación de su doctrina tiene que sortear obstáculos y
problemas que abarcan un amplio espectro; nos referimos desde cuestiones
relacionadas con la traducción de determinados conceptos, difícilmente
ajustables en su contenido a los vocablos de las lenguas modernas, o bien el
propio sentido de la vida y el universo que el griego, en virtud de las
peculiaridades de su forma de ver el mundo y por la importancia de la
experiencia vivida, que nosotros difícilmente podríamos comprender,
especialmente en la medida que nuestra cultura y el saber de nuestro tiempo
pretende erigirse como rigurosa y objetiva, y poseer un carácter enciclopédico.
Estos elementos y otros muchos hacen que la interpretación desde el presente
sea una empresa no exenta de riesgos.
El contexto histórico en el que nace el estoicismo es muy preciso, hacia el
año 300 a.C., en una época en el que los griegos habían perdido la
independencia en detrimento de la potencia macedónica de Alejandro Magno (338
a.C.), pero a pesar de que las diferentes polis griegas pierdan definitivamente
el control sobre su destino, mantendrán bastante independencia en lo que se
refiere a su administración política y autonomía. En el contexto de Atenas,
que es donde nacerá el estoicismo, su importancia geopolítica en el
mediterráneo termina por desaparecer, y de algún modo se provincializa en
beneficio de otras ciudades como Alejandría, que toma el testigo del nuevo
esplendor cultural que se inicia con el helenismo, que no es otra cosa que la
expansión y apogeo de la cultura griega como contrapartida al declive político
que vive el mundo griego.
Consecuentemente, las escuelas filosóficas radicadas en Atenas adquieren una
importancia trascendental, de modo que sus representantes más cualificados
tratan de ser atraídos por parte de los soberanos y su prestigio se incrementa
exponencialmente. Según nuestro autor, filósofo especialista en el periodo
helenístico, Jean-Joël Duhot, la inexistencia de una casta sacerdotal en
Atenas hizo que las escuelas filosóficas asumieran la función de conservar y
transmitir el pensamiento y garantizó su pluralidad, y con ellas la
preponderancia de los maestros como Platón o Aristóteles fue trascendental.
Este fenómeno lo veríamos reflejado en la proliferación de numerosas escuelas
filosóficas durante el periodo helenístico, como los epicúreos, antagonistas
de los estoicos.
Según las fuentes, es en el año 301 a.C. cuando Zenón de Citio fundaría la
escuela estoica, también conocida como «el Pórtico pintado» (Stoa Poikilè).
Su doctrina no era totalmente novedosa ni estaba desligada del resto de
escuelas, sino que recogía buena parte de los conocimientos expuestos con
anterioridad por otras grandes escuelas, como en el caso de la Academia, los
cínicos, los presocráticos e incluso de la ciencia médica de Hipócrates, de
los que la naciente escuela filosófica fue incorporando préstamos en la
elaboración de su propia doctrina.
A Zenón le sucedieron otros grandes nombres de la escuela estoica, como
Cleantes (conocido por el himno dedicado a los Dioses) y Crisipo de Solos. Con
posterioridad, y ya bajo dominio romano, tenemos a Panecio de Rodas o
Posidonio de Apamea. En esta nueva etapa el estoicismo se expande por todos
los rincones del imperio llegando a conquistar la propia corte a través de
Séneca o, con posterioridad, de Marco Aurelio, conocido como el emperador
filósofo. Un contemporáneo de Séneca precisamente, Musonio Rufo, enseñaba un
estoicismo de un trasfondo moral especialmente riguroso de cuya escuela
saldría precisamente Epicteto, protagonista de la obra que reseñamos.
Epicteto es el protagonista de este ensayo, en la medida que es el primer
autor del Pórtico del que conservamos su obra, aunque sea indirectamente y a
través de un alumno, Lucio Flavio Arriano, que publicó lo que podríamos
considerar los «apuntes» de sus clases. Epicteto era un esclavo liberto,
nacido en torno al año 50 d.C en Hierápolis (Asia Menor) y muerto entre el
125-130 d.C. en Nicópolis (Grecia), que mantuvo una vida de pobreza y
austeridad. Tras ser manumitido se dedicó a la enseñanza de la doctrina
estoica en Roma, y años después, en torno al año 80 d.C., se vio obligado a
abandonar Roma con el ascenso al poder de Domiciano, para terminar finalmente
en Nicópolis, Grecia, donde continuaría sus enseñanzas hasta el final de sus
días. Hay que destacar que no escribió ninguna obra a lo largo de su vida y,
como ya hemos apuntado, sus famosas Disertaciones las debemos a su
alumno, que supo recopilar sus enseñanzas con el único fin de conservarlas
como parte de su extensa biblioteca. Era un romano culto y adinerado que hizo
carrera política en el seno del imperio.
La obra de Arriano nos da algunas pistas acerca de la forma en la que
Epicteto organizaba sus clases, y deja entrever uno de los elementos
esenciales de la filosofía del Pórtico, que no era otra que la importancia de
la transmisión directa entre maestro y alumno, y la capacidad de asimilar e
interiorizar la lección en vistas a una transformación de carácter iniciático
de éste último. De modo que no se trataba de una enseñanza perfectamente
estructurada, ni de un trabajo de erudición sino que la dialéctica era la
herramienta fundamental en el desarrollo y aprendizaje de los alumnos.
Más allá de los datos biográficos, escasos e indirectos, que conocemos de
Epicteto, lo importante es la doctrina, que debemos definir como una escuela
filosófica y no como una religión. Estaba fundamentada en la ascesis del
conocimiento edificada sobre la razón, lo cual no implicaba la existencia de
rigor científico ni formalismo lógico alguno, así como tampoco de ninguna
moral especialmente exigente. Lo importante era ofrecer un modelo de vida apto
para buscar la felicidad.
Uno de los principales atributos y base de la física estoica fue la idea de
totalidad, la concepción del universo como una unidad cuyas partes no pueden
disgregarse, y que lejos de la discontinuidad propugnada por los atomistas con
Demócrito a la cabeza, representaba algo real y continuo perfectamente
cognoscible. El universo aparece a ojos del estoico como un todo armonioso
donde las diferentes partes están interconectadas y ofrece, como decimos, un
modelo inteligible excluyendo el vacío o el azar. En consecuencia, este orden
precisa de un principio omnipresente y omnisciente necesario para ordenar y
mantener el funcionamiento del universo, en el que da forma a la materia y a
la estructura dentro de un orden lógico a partir de un caos original. El
principio del que la divinidad se sirve para generar el funcionamiento
armonioso del universo y de la vida es el pneuma, el soplo divino,
sobre una base racional que es el logos del universo.
Lejos de toda forma de maniqueísmo y panteísmo el estoicismo rechaza cualquier
mecanicismo y toda acción autónoma por parte de la materia, con lo
cual es finalista y detrás de toda acción de la materia se encuentra la
voluntad e impulso divino. Es precisamente la idea de unidad del mundo la que
proporciona al estoicismo todas las certezas en su comprensión e
inteligibilidad, de modo que cuando aparece el engaño y la ilusión ello se
debe a un error de percepción del objeto. En este sentido el mal o el
sufrimiento no representan realidades objetivas y externas al individuo, sino
que su percepción está condicionada por el principio moral y por nuestros
actos. Del mismo modo el bien concebido como el apego a elementos contingentes
y materiales es fruto del error y de un actuar negativo, contrario a la
sabiduría. Por otro lado hay hechos ineluctables que dependen de la divina
providencia, que domina el mundo, lo cual tampoco supone que el destino esté
totalmente determinado. Esto implica que el hombre estoico es libre en la
medida que es responsable, lo que implica a su vez, especialmente, el dominio de sí
mismo, la impasibilidad y la serenidad frente al sufrimiento, las ansias de
poder, el dolor o cualquier otro elemento exterior. Se trata del
descondicionamiento absoluto frente a los hechos contingentes.
En este sentido el Pórtico puede considerarse como la primera corriente
filosófica que valora el yo en su estado puro, el principio de personalidad
debe permanecer íntegro y no diluirse en un mar de reacciones externas y
superficiales. De ahí que cada reacción ante cada situación nos compromete y
nos revela aquello que somos. Sin embargo, el hecho de cometer acciones
erróneas no implica, como en el Cristianismo, que con ellas se esté atentando
contra la majestad divina, puesto que éstas no llevan aparejado un castigo o
una pena. Somos responsables ante nosotros mismos y como parte de la meta que
supone alcanzar la sabiduría, que solamente puede obtenerse tras un arduo y
prolongado trabajo sobre uno mismo, en lo que es un entrenamiento en base al
cual nos impregnamos de verdad. Y lo más importante, y el fin de esa felicidad
que todo estoico busca, lo encontramos en el desapego y la liberación del mal,
que nos adhiere a la armonía del universo, expresión de Dios, y nos permite
descubrir lo divino que hay en él.
Respecto al concepto de Dios para los estoicos no puede encerrarse en una
definición unívoca sino que comprende múltiples e infinitos modos y registros
de expresión. Es inmanente y trascendente, interior y exterior, personal e
impersonal y se manifiesta en todas las esferas, desde la física, la
mitológica, la psicológica y la social. La peculiaridad del estoicismo es que
aborda la idea de Dios desde la perspectiva racional a la teológica. Por
paradójico que resulte promueve una búsqueda científica de lo real como
experiencia de contemplación. Hay un encuentro entre razón y metafísica.
Hay otra cuestión que parece plantear un conflicto, como es el tema del
politeísmo frente al monoteísmo que parece insinuarse en algunos de sus
textos, al utilizar el concepto de «Dios» o de «dioses» de forma indistinta.
Dios, en su perfección y omnipotencia, y con sus enormes similitudes y
continuidades en el Judaísmo y el Cristianismo, parece plantear un conflicto
con el panteón mitológico de los dioses, algo que los estoicos resuelven
integrando a estos dioses y, al mismo tiempo, negando la interpretación vulgar
y bajo forma humana cuando se trata de meras alegorías. Al mismo tiempo la
propia amplitud de definición que encierra el Dios estoico permite armonizar y
neutralizar toda antítesis.
No obstante, y pese a estas consideraciones Dios puede ser considerado un
padre, con lazos de parentesco con las criaturas humanas en una relación
cargada de afectividad. Participamos en el universo creado por Dios como parte
del mismo y asimismo tenemos capacidad para participar conscientemente en la
racionalidad divina. Y en ese sentido nuestra conciencia también nos permite
descubrir a nuestro Dios interior, pues Él vive en nosotros y debemos honrarle
con nuestras acciones, con lo cual debemos mantenernos puros y dignos de
nuestro creador. Sin embargo, la adhesión a la divinidad no supone una
seguridad frente a la adversidad. Ésta solamente asegura lo necesario para
vivir, y no el lujo. Al fin y al cabo, y como ya se ha visto, el mal o el
sufrimiento, forman parte de una realidad engañosa y exterior que no puede ni
debe condicionar nuestras acciones en el mundo.
De modo que frente a la amargura o desazón que se desprende del concebir el
mundo como un valle de lágrimas, éste es, más bien, una fiesta en la que somos
espectadores y participantes al mismo tiempo. La ascesis estoica tiene un
carácter positivo y para nada triste, frente a cualquier forma de
mortificación o retiro del mundo participando en la esencia divina que lo
vertebra. El problema básico del hombre viene de las representaciones, que son
fruto de la inmediatez fisiológica, y que al separarnos de ella nos permite la
contemplación racional de Dios. Las armas o herramientas que el hombre posee
para conseguirlo están dentro de sí mismo, en nuestra voluntad incondicionada
de elección que nos otorga Dios. Los dones divinos se encuentran presentes en
la inteligencia, y al estar dotados de logos, razón y palabra, nos permite
elevarnos a Dios mediante la razón. Es por eso que las elecciones que hacemos
no son arbitrarias y nos permiten discernir la vía que conduce a Dios, aunque
aprender a actuar desde esa «recta razón» implica un aprendizaje. Como parte
de ese aprendizaje en la gran fiesta del mundo está el comprender que nosotros
solamente somos actores y debemos ajustarnos al papel que nos ha tocado
interpretar sin lamentarnos ni contrariarnos. Al mismo tiempo tampoco debemos
confundirnos con los personajes que interpretamos, es un ropaje o una carcasa,
y sus problemas no son los nuestros, y por eso hay que ser consciente de la
distancia entre ambos. Por otro lado, hay una condena explícita al suicidio,
porque si Dios nos ha asignado un papel no nos corresponde a nosotros ponerle
fin. Solo Dios puede liberarnos de la existencia. Paralelamente, las
reflexiones estoicas sobre un más allá no existen en la medida que no se
plantea una negación o renuncia del mundo.
Para finalizar en lo que se refiere al análisis de los elementos que articulan
la doctrina estoica, conviene destacar dentro del proceso de ascesis dos
vertientes fundamentales:
- La disciplina intelectual, que como hemos visto implica un trabajo de adiestramiento ante diferentes situaciones, ensayando las reacciones más adecuadas mediante el uso del razonamiento lógico. Se trata de perfeccionar la elección y purgarla de aquello que no dependa de ella y nos deje a merced de elementos exteriores y ajenos a nuestra voluntad.
- El dominio físico, que implica una contemplación estricta de la moral y una vida sencilla y frugal. El estoicismo contemplaba pocas restricciones en el ámbito cotidiano, aunque Epicteto recomendaba alimentos naturales como leche, cereales, fruta o legumbres frente a la carne, a la que atribuía cualidades negativas en el discernimiento y búsqueda de la sabiduría. Curiosamente también preconiza el ayuno como un sano ejercicio de cara a la ascesis.
El extraordinario parecido o relación de continuidad del estoicismo que vemos
en el Judaísmo y el Cristianismo guarda una importante relación, como nos
apunta el autor, con la comunidad judía residente en Alejandría y que como
parte de la diáspora terminó por helenizarse y asumir principios doctrinales
propiamente griegos, entre los que el estoicismo formaba una parte esencial.
Lo fundamental en este sentido es el uso de un utillaje conceptual y un léxico
de impronta estoica como, por ejemplo, la concepción pneumática de Dios y el
«soplo divino», que pasará al Antiguo Testamento y terminará de confluir con
el profetismo hebreo. Filón, un miembro de esa comunidad judía alejandrina es
el mejor ejemplo para confirmar la magnitud de estas influencias.
En el caso del Nuevo Testamento las influencias estoicas serán recepcionadas
indirectamente por parte de los judíos alejandrinos, y que vemos reflejada en
diferentes pasajes nuevotestamentarios. En este caso el utillaje intelectual
estoico también se deja ver, por ejemplo, a través de la idea de Jesús como
portador del Logos divino, mientras que otras enseñanzas aparecen
reinterpretadas o en estado latente. El propio San Pablo era oriundo de una
ciudad, Tarso, que había dado numerosos filósofos estoicos.
Esta breve síntesis de ideas viene a ser una buena introducción para que el
lector bisoño en la materia se inicie en el conocimiento de la filosofía
estoica, que comprende una mayor profundidad a través de las obras de autores
como Séneca, Marco Aurelio o Cicerón, que son un complemento esencial y de
inestimable valor para comprender una de las tres grandes corrientes del
helenismo junto al epicureísmo y el escepticismo.
